OTRA VEZ EL PAIS EN CRISIS…
A fines del año 2015 había una especie de hastío en gran parte de la población argentina. El kitchnerismo, si bien aún conservaba intacto el apoyo entusiasta de vastos sectores de la población, había terminado por desencantar a una buena parte de los votantes que otrora lo habían sostenido. El viento de cola internacional hacía años que había perdido su empuje y por ello – y por propios errores de la nativa política económica- la producción se había estancado y el fantasma de la inflación reaparecía, y si bien el gobierno K estaba atento a mitigar sus consecuencias negativas, no dejaba de ser una preocupación creciente en la vida cotidiana de los argentinos.
Sobre ello, las denuncias sobre corrupción en distintas áreas de gobierno se acumulaban y extendían, como una mancha de petróleo en el océano, sin que desde las máximas instancias de poder – la presidencia especialmente- hubiera siquiera preocupación por explicar o (mostrando una sensatez mayor aún) investigar lo que todo el mundo –con mayor o menor malignidad- rumoreaba-. La inseguridad, otro flagelo que desde el siglo pasado viene in crescendo azotando los hogares argentinos, tampoco parecía a los ojos de muchos ciudadanos como un asunto que tuviera el tratamiento y la preocupación gubernamental adecuada. La constante pelea con la gran prensa (Clarín, Nación) le ocasionó, a su vez, al gobierno, la permanente y a veces injusta hostilidad de aquella, hostilidad que ella – la gran prensa- supo trasmitir a una parte sustancial de sus lectores. La inútil pelea con el campo, año 2009, había conseguido el milagro histórico de colocar en la misma bolsa a productores chicos y medianos con los sectores minoritarios, con aquellos alguna vez definidos por Arturo Jauretche –y otros pensadores del arco popular- como oligarquía terrateniente.
En ese marco histórico se alzó la figura de Macri, que supo vender la imagen de un dirigente exitoso, para lo cual exhibía profusamente los títulos deportivos del club que había presidido durante algunos años - Boca Juniors- como también su experiencia como funcionario, dos veces ratificado por las urnas, del estado que más recursos económicos cuenta la Argentina, la Ciudad de Buenos Aires. A su vez, supo ver con claridad, cuáles eran las necesidades más acuciantes de la aletargada población nacional. Acorde con esta perspectiva alzó las banderas de la lucha contra la corrupción,también contra la inflación (de la que dijo que era sencillo eliminar), y contra la inseguridad. Sumo a ellas, las de la libertad de prensa y democratización, la de la apertura al mundo, la de la baja de impuestos (el de las ganancias fundamentalmente), y la que puede considerarse la mayor propuesta demagógica, que a ningún político –ni siquiera a los despectivamente llamados “populistas”- se le habìa ocurrido hacer: llevar la pobreza a su grado cero de existencia.
Sabemos como siguió todo, la mayoría del pueblo argentino, deseoso de salir del estancamiento a que había llevado al país el último periodo K, le otorgó el aval suficiente para que pusiera en marcha los atractivos proyectos que el macrismo, munido de una soberbia por entonces convincente, había estentóreamente anunciado.
No durò mucho la ilusión, en vez de baja de impuestos hubo una despiadada suba de tarifas que golpeó de lleno el corazón de la economía popular, la productividad – por la caída del consumo y liberación de importaciones – cayó aùn más, la inflación recrudeció, arrastrando a nuevos sectores de la población a la pobreza, la libertad de prensa mutó en el alineamiento sospechoso de los grandes medios que dedicaban la mayor parte de sus producciones periodísticas a lapidar las supuestas –muchas veces exageradas –tropelías del gobierno anterior, disimulando vergonzosamente las carencias actuales o exaltando sus supuestos logros – especialmente en materia de inseguridad (que al crecer la pobreza y la marginalidad en realidad había aumentado)-. La llamada apertura al mundo –idea que no es mala en si misma y a la que nadie en su sano juicio puede oponerse- trocó para nosotros, los ciudadanos, en el festín de la entrada de capitales golondrinas y en un escandaloso endeudamiento, los que terminaron produciendo altísimas e improductivas tasas de interés, suba del dólar (lo que en realidad nos aleja, a los ciudadanos concretos, del resto del mundo), más la fuga masiva de capitales, mas caída de la producción y la suba de precios.
Pese a las advertencias que le llegaban de la oposición, el gobierno siguió alegremente su camino de destrozos, confiado en que la población, a la hora de votar, privilegiaría antes el odio por los antiguos gobernantes que a su sus propios intereses, llegando así –el gobierno decimos- al acto electoral, con la convicción de que harían una eficiente performance, la que los posicionaría saludablemente de cara a los idus de octubre. Valiéndose del poderoso aparato mediático a su servicio, habían intentado engañar a todo un pueblo, siendo que, como quedó demostrado en los comicios, los únicos engañados fueron ellos mismos. La crisis que habían ocultado con esforzado esmero, les estalló en las manos y en la cara. Todo el andamiaje publicitario se vino abajo, ante el potente furibundo soplido de indignada furiosa que le realizó el pueblo argentino el 11/08, pero a pesar de eso, si bien heridos, el orgullo gubernamental quedó intacto; ¿Qué hicieron?, de inmediato culpar al pueblo de la crisis que su impericia había acumulado en cuatro años, la que el pueblo mismo pese a todo era quien en carne propio la sufría. Si ya estaban ciegos ante los efectos de su tozudo accionar, ahora con el golpe recibido quedaron más ciegos aún, y , en la desesperación, más irresponsables. Es así que en vez de gobernar, de intentar con el mayor cuidado de evitar profundizar la crisis, se dedican a elaborar estrategias, que suponen actos, para tratar de revertir lo que no pueden admitir es ya una sentencia definitiva del pueblo argentino. Ni siquiera en el último tramo de su desgobierno tienen la capacidad de al menos resignarse, y con la prudencia que ella les traería, tratar de sortear lo que les queda del difícil camino que han construido. Sino lo hacen por la tranquilidad del pueblo argentino, que cada vez se tiene màs la certeza de que no les importa, por ellos mismos deberían hacerlo, deberían entender que aún pueden, que aún tienen esa posibilidad, la de retirarse con el mínimo de honor de que, mañana, puedan decir que entregaron en paz el poder a quien el pueblo en todo su derecho ha decidido que debe ostentarlo.